sábado, 27 de febrero de 2010

Lo mejor del rock nacional

sábado, 27 de febrero de 2010 0


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Identidades en venta

Hicimos fiesta de nuestras cervezas,
y deporte de nuestros calzados.
Hicimos amor de nuestros perfumes,
y poder de nuestros trajes.
Hicimos trabajo de nuestro café,
y felicidad de nuestras golosinas.
Hicimos estilo de nuestras prendas,
y tiempo de nuestros relojes.

No se preocupe por su ser que fue expropiado,
Ahora puede alquilarlo a un precio razonable.
Ya que hicimos marcas, de nuestros productos
e identidades de nuestras marcas.

Haremos su olor, de nuestro perfume.
y su sexo, de nuestra pornografía.
Haremos su descanso, de nuestro café.
y su juventud, de nuestras cirugías.
Haremos su piel, de nuestras cremas.
y su pasión, de nuestras pastillas.
Haremos su pelo, de nuestras pelucas.
y su rostro, de nuestras mascaras.
Haremos sus amigos, de nuestra hipocresía.
y su derecho, de nuestra riqueza.
Haremos su verdad, de nuestras mentiras.
y su esperanza, de nuestro consumo.

Manuel Bertelotti



sábado, 20 de febrero de 2010

Termodinámica - José María Galán

sábado, 20 de febrero de 2010 0
Cuando una bacteria nada corriente arriba
en un gradiente de glucosa dicen que procura
alimento. La describen como a un elemento
teleológico que actúa en pos de su beneficio en
el medio ambiente.
Pero... ¿por qué pensar que
la bacteria ‘va’ hacia la glucosa, por qué pensar
que busca, que hace, que procura, y no que
simplemente es una formación material que,
dadas sus características, cae hacia la glucosa
siguiendo una ley física? ¿Por qué otorgarle
una intención, un quehacer a esa formación
material? ¿Por qué no pensar que sigue la pen-
diente como cualquier vía de agua?
La vida, y el Cosmos, no como un ir, sino como una simple caída por
declives que no imaginamos.

martes, 16 de febrero de 2010

Entropismo: primera parte -Todo poder es legitimo

martes, 16 de febrero de 2010 1
Empecemos por preguntarnos: ¿Que es el poder?
La mejor respuesta que pude encontrar a esa pregunta es: Poder es la capacidad de realización de una voluntad.
Todos los individuos ejercemos una fuerza sobre la realidad, esa fuerza que ejercemos sobre la realidad es asistida o resistida por otras fuerzas con las que interactúa. La fuerza es fuerza política, orientada a organizar la sociedad en función de intereses que pueden ser privados o colectivos. Y el modo en que una fuerza política crece es cuando se vuelve colectiva y consigue alinear en torno a su voluntad colectiva las fuerzas físicas de todos los individuos que la consienten.
El poder entonces, es la capacidad de una voluntad de realizarse, dentro de un determinado entorno social, contra todas las demás voluntades. El poder está encarnado por la más fuerte de las voluntades colectivas.
La fuerza de la que se sirven las voluntades políticas es la fuerza física. Esta fuerza física se manifiesta en los dos principales ámbitos del poder (que como ya veremos no son dos sino en realidad uno solo). Se manifiesta en la forma de violencia física al servicio del mantenimiento de un orden político, y en forma de trabajo al servicio del mantenimiento de un orden económico. La fuerza humana es la autentica esencia del poder, el verdadero capital. Las herramientas pueden potenciar la fuerza humana como lo hacen las armas en el ámbito de la política y las maquinarias en el ámbito de lo económico, pero el uso, mantenimiento y finalidad de esas maquinarias y de todo el sistema de poder radica en el encauzamiento de la fuerza humana hacia la satisfacción de una voluntad de poder y el mantenimiento de los mecanismos de control del poder en esa sociedad.
A esto que digo de que el poder radica exclusivamente en el encauzamiento de la fuerza humana, de la fuerza física, hay una objeción muy popular que me voy a adelantar a responder. La objeción a la que me refiero es la de quien sostiene que el ingenio, inteligencia, técnica y conocimiento (todo esto desarrollado a travez de la educación) de una persona constituye una fuerza tanto o mas grande que la fuerza física que esa persona pueda ejercer, y que esto se refleja en el hecho de que las personas mas poderosas del mundo no lo son por la fuerza física que puedan tener sino por la habilidad que demostraron tener a un nivel táctico, estratégico o intelectual para alcanzar esas posiciones.
En primer lugar a esa objeción tengo que responder que no es necesariamente cierto que la educación sea la que conduzca el poder ya que también es cierto que quienes ejercen el poder educan a quienes están destinados a heredarlo para poder así mantenerlo.
En segundo lugar tengo que aclarar que cuando excluyo a las cualidades intelectuales de las personas como fundamento del poder, lo hago en virtud de la diferenciación conceptual entre la idea de poder y la idea de dominación, tal como las establece el sociólogo Max Weber.
Dentro de este sistema de pensamiento se define al poder como la probabilidad de imponerse de una voluntad dentro de una relación social, aún contra cualquier resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabilidad. Por otro lado se define a la dominación como la probabilidad de una voluntad de encontrar obediencia o sumisión voluntaria, por parte de las demás personas. Así es que hablamos de poder en una relación social, cuando una voluntad puede lograr acatamiento con o sin el consentimiento de las demás partes. Mientras que cuando el acatamiento solo se logra de modo voluntario, hablamos de dominación. Vale la pena aclarar que la dominación no siempre está orientada a lograr el consentimiento activo, sino que también entra dentro de esta categoría el consentimiento pasivo, como el que puede existir cuando el que obedece lo hace por miedo o indiferencia.
Entonces resulta que el poder es tal cuando se impone aún contra la voluntad de las partes mientras que el dominio se impone solo cuando se logra el consentimiento de las partes con la voluntad dominante. Se puede observar que las ventajas que la inteligencia puede tener para un líder a la hora de alinear voluntades, resultan decisivas tanto en el ejercicio de la dominación como en el ejercicio del poder, pero no constituyen el criterio por el cual se establece la diferencia entre ambas. El criterio que hace la diferencia radica en la disponibilidad de fuerzas físicas suficientes para imponerse mediante la violencia.
Para entender esto en más profundidad es necesario explicar que la dominación por parte de una voluntad requiere de inteligencia aplicada a favor de la misma y que para que exista poder es necesario que exista dominación.
El poder se impone siempre con el consentimiento de una mayoría dominada y se ejerce contra una minoría, que es reprimida violentamente haciendo uso de la fuerza física encauzada por medio de la dominación.
Es por eso que si bien la inteligencia aplicada es necesaria tanto para establecer relaciones de dominación como para, a partir de las relaciones de dominación, establecer relaciones de poder; la diferencia entre las relaciones de dominación y las relaciones de poder no radica en la inteligencia, que es necesaria en los dos tipos de relaciones sociales, sino que radica en el encauzamiento de la dominación hacia la represión física de las fuerzas políticas minoritarias.
En todo sistema social, el poder como mecanismo de control, cumple entonces un rol subsidiario respecto del rol que ocupa la dominación. La dominación de las masas es el verdadero mecanismo de control de las sociedades y el papel del poder solo aparenta ser más importante por ser el más evidente. Es el que se ejerce contra las minorías políticas mas radicales y contra personajes marginales cuyos comportamientos encuadran con lo que en esa sociedad es considerado seriamente patológico y son por ende juzgados, de acuerdo con los criterios establecidos en esa sociedad, como locos y criminales.
El papel del poder coercitivo tiene necesariamente que mantenerse en un rol subsidiario ya que el poder coercitivo es el poder de la fuerza física humana, y a menos que se le enseñe a las personas a reprimirse físicamente a si mismas cuando tengan algún comportamiento contrario a los intereses dominantes (lo cual es ridículo). Siempre es necesario tener un nivel de consentimiento superior al de disentimiento, para poder así disponer de las fuerzas que les permitan reprimir a la minoría que se aún se resista a ser dominada. De lo contrario incurrirían en un déficit del control social que terminaría rápidamente con el colapso de ese sistema social.
Es importante también comprender que cuando hablamos de poder como disponibilidad de fuerza física para aplicar a la coerción no nos referimos exclusivamente al poder estatal. Acá es donde disiento con Weber, ya que el sociólogo aplica la definición de “ente que ejerce el monopolio legitimo de la violencia” a la figura del estado, mientras que yo voy a aplicar esa misma definición a la figura de poder, pero siendo el poder un concepto que trasciende al estado mismo. El concepto de poder que utilizo es un ente hipotético y dinámico, que representa la hipotética voluntad orientada hacia el “arquetipo” del individuo dominado. El concepto de poder se aplica, no a ningún ente que pueda existir realmente, sino a la voluntad hipotética que es en la que convergen todas las voluntades que ejercen su dominio sobre las masas, algo así como la voluntad colectiva de la clase dominante.
El poder entonces trasciende tanto a sus formas políticas como económicas y se basa siempre en primer lugar en el dominio, pero con la garantía de la violencia presente para quien disienta. Así es que detrás de cada relación social se encuentra el garrote del poder amenazando a cualquiera que lo cuestione. Así es que toda relación de poder o dominación se cimienta en la posibilidad de ejercer la violencia por parte del favorecido en dicha relación.
El poder como ente trascendente es entonces totalitario y toda la sociedad se encuentra a su servicio, incluyendo a aquellos individuos de la clase dominante de cuyas voluntades emerge esta voluntad superadora. Así es que los individuos de mayor poder adquisitivo no se salvan de ser tan compulsivamente consumistas como los individuos de clase media y baja, el monstruo creado es tan fuerte que devora incluso a sus mismos creadores.
Este poder se basa en la amenaza constante de la violencia física que brilla sobre cada relación social y que aunque no lo aparente se impone sobre cada comportamiento activo o pasivo de los seres humanos. La libertad parece existir por derecho propio en todos aquellos ámbitos de la vida humana que el poder supuestamente no alcanza, pero la realidad es que si existe esa libertad no es mas que como una licencia de un otorgada por este poder que trasciende todos nuestros comportamientos y que fácilmente podría suprimir la poca libertad que nos quede.
Esta amenaza constante de la violencia física resulta más evidente cuando hablamos de poder político, pero aunque se quiera ver en el ámbito económico un poder de diferente carácter, no violento. Aunque se desee imaginar que el poder economico se basa en algo diferente a la amenaza de violencia presente en el ámbito político. Aunque se quiera pensar que en la economía pueden darse relaciones de poder basadas, no en imposiciones de fuerza sino en la posesión de propiedades ¿no es, al fin y al cabo, la posesión de propiedades una imposición de fuerza? ¿No es el derecho a la propiedad una ley positiva, cuya violación se previene mediante una amenaza de violencia?
Es la violencia implícita en la norma la que da valor a la misma y establece las reglas del juego económico. Así es que el poder económico no es una forma diferente de poder que la violencia sino que es más bien una delegación que el poder de la violencia realiza políticamente a travez del sistema jurídico. El sistema económico es una manifestación del poder diferente que el poder político, pero al fin y al cabo es una manifestación del mismo poder y de la misma violencia presente detrás de cada relación social. El poder adquiere una faz mucho más abiertamente perversa cuando se manifiesta en el ámbito de lo económico, mostrándose mucho mas abiertamente interesada. Constituyendo en este juego de poder, la propiedad el criterio decisivo del poder mismo. Y el dinero, que es su símbolo, actúa como un cupón dando fe de la potestad que tiene su portador de beneficiarse del ejercicio de esa violencia.
Concluyendo:
Una persona solo es más fuerte que otra en la medida en que consigue poner bajo su dominio las fuerzas y voluntades de otras personas. Y solo es poderosa en la medida en que su voluntad y su fuerza se encuentran alineadas (sea dirigiendo o siendo dirigida) con la voluntad dominante en esa sociedad y la fuerza colectiva de que esa voluntad dispone a travez de la dominación establecida sobre las masas. Es por esto que, si el criterio de legitimidad de un poder es su consentimiento en la sociedad en que ocurre, todo poder es inevitablemente legitimo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Fragmento de 1984 de George Orwell

viernes, 12 de febrero de 2010 0



O'Brien lo miraba pensativo. Más que nunca, tenía el aire de un profesor esforzándose por llevar por buen camino a un chico descarriado, pero prometedor.

— Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela, Winston, por favor.

— El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado — repitió Winston, obediente.

— El que controla el presente controla el pasado — dijo O'Brien moviendo la cabeza con lenta aprobación. — ¿Y crees tú, Winston, que el pasado existe verdaderamente?

Otra vez invadió a Winston el desamparo. Sus ojos se volvieron hacia el disco. No sólo no sabía si la respuesta que le evitaría el dolor sería sí o no, sino que ni siquiera sabía cuál de estas respuestas era la que él tenía por cierta.

O’Brien sonrió débilmente:

— No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías pensado en lo que se conoce por existencia. Te lo explicaré con más precisión. ¿Existe el pasado concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos donde el pasado siga acaeciendo?

— No.

— Entonces, ¿dónde existe el pasado?

— En los documentos. Está escrito.

— En los documentos... Y, ¿dónde más?

— En la mente. En la memoria de los hombres.

— En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, ¿no es así?

— Pero, ¿cómo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha pasado? — exclamó Winston olvidando del nuevo el martirizador eléctrico. — Es un acto involuntario. No puede uno evitarlo. ¿Cómo vais a controlar la memoria? ¡La mía no la habéis controlado!

O'Brien volvió a ponerse serio. Tocó la palanca con la mano.

Al contrario dijo por fin, — eres tú el que no la ha controlado y por eso estás aquí. Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Has preferido ser un loco, una minoría de uno solo. Convéncete, Winston; solamente el espíritu disciplinado puede ver la realidad. Crees que la realidad es algo objetivo, externo, que existe por derecho propio. Crees también que la naturaleza de la realidad se demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti mismo pensando que ves algo, das por cierto que todos los demás están viendo lo mismo que tú. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. Este es el hecho que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si quieres volverte cuerdo.

Después de una pausa de unos momentos, prosiguió: Recuerdas haber escrito en tu Diario: «la libertad es poder decir que dos más dos son cuatro?».

— Sí — dijo Winston.

O'Brien levantó la mano izquierda, con el reverso hacia Winston, y escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro.

— ¿Cuántos dedos hay aquí, Winston?

— Cuatro.

— ¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces, ¿cuántos hay?

— Cuatro.

La palabra terminó con un espasmo de dolor. La aguja de la esfera había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba todo el cuerpo. Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos gemidos. O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos. Soltó la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se alivió bastante.

— ¿Cuántos dedos, Winston?

— Cuatro.

La aguja subió a sesenta.

— ¿Cuántos dedos, Winston?

— ¡Cuatro!! !¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte? ¡Cuatro!

La aguja debía de marcar más, pero Winston no la miró. El rostro severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo su visión. Los dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes, borrosos y vibrantes, pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.

— ¿Cuántos dedos, Winston?

— ¡¡Cuatro!! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!

— ¡Cuántos dedos, Winston!

— ¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!

— No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. Por favor, ¿cuántos dedos?

— ¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras, pero termina de una vez. Para este dolor.

Ahora estaba sentado en el lecho con el brazo de O'Brien rodeándole los hombros. Quizá hubiera perdido el conocimiento durante unos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los dientes y le corrían lágrimas por las mejillas. Durante unos instantes se apretó contra O'Brien como un niño, confortado por el fuerte brazo que le rodeaba los hombros. Tenía la sensación de que O'Brien era su protector, que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O'Brien le evitaría sufrir.

— Tardas mucho en aprender, Winston — dijo O'Brien con suavidad.

— No puedo evitarlo — balbuceó Winston. — ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo ante los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.

— Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es fácil recobrar la razón.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La Guerra es la paz - 1984 - George Orwell.

miércoles, 10 de febrero de 2010 0
...La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los principios del doblepensar) la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes del Partido Interior. Consiste en usar los productos de las máquinas sin elevar por eso el nivel general de la vida. Hasta fines del siglo XIX había sido un problema latente de la sociedad industrial qué había de hacerse con el sobrante de los artículos de consumo. Ahora, aunque son pocos los seres humanos que pueden comer lo suficiente, este problema no es urgente y nunca podría tener caracteres graves aunque no se emplearan procedimientos artificiales para destruir esos productos. El mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914, está desnudo, hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo comparamos con el futuro que las gentes de aquella época esperaba. A principios del siglo XX la visión de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para todo — un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura — era el ideal de casi todas las personas cultas. La ciencia y la tecnología se desarrollaban a una velocidad prodigiosa y parecía natural que este desarrollo no se interrumpiera jamás. Sin embargo, no continuó el perfeccionamiento, en parte por el empobrecimiento causado por una larga serie de guerras y revoluciones, y en parte porque el progreso científico y técnico se basaba en un hábito empírico de pensamiento que no podía existir en una sociedad estrictamente reglamentada. En conjunto, el mundo es hoy más primitivo que hace cincuenta años. Algunas zonas secundarias han progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos, ligados siempre a la guerra y al espionaje policíaco, pero los experimentos científicos y los inventos no han seguido su curso y los destrozos causados por la guerra atómica de los años cincuenta y tantos nunca llegaron a ser reparados. No obstante, perduran los peligros del maquinismo. Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático — produciendo riqueza que no había más remedio que distribuir, — elevó efectivamente la máquina el nivel de vida de las gentes que vivían a mediados de siglo. Estas gentes vivían muchísimo mejor que las de fines del siglo XIX.

Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba con la destrucción — era ya, en sí mismo, la destrucción — de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeraci6n, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado agrícola — como querían algunos pensadores de principios de este siglo — no era una solución práctica, puesto que estaría en contra de la tendencia a la mecanización, que se había hecho casi instintiva en el mundo entero, y, además, cualquier país que permaneciera atrasado industrialmente sería inútil en un sentido militar y caería antes o después bajo el dominio de un enemigo bien armado.

Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 y 1940. Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se renovaba el material indispensable para la buena marcha de las industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad del Estado. Pero también esto implicaba una debilidad militar, y como las privaciones que infligía eran innecesarias, despertaba inevitablemente una gran oposición. El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser producidos, pero no distribuidos. Y, en la práctica, la única manera de lograr esto era la guerra continua.

El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su fabricación no deja de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que pueda ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea el trabajo que hubieran dado varios centenares de barcos de carga. Cuando se queda anticuada, y sin haber producido ningún beneficio material para nadie, se construye una nueva fortaleza flotante mediante un enorme acopio de mano de obra. En principio, el esfuerzo de guerra se planea para consumir todo lo que sobre después de haber cubierto unas mínimas necesidades de la población. Este mínimo se calcula siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una escasez crónica de casi todos los artículos necesarios para la vida, lo cual se considera como una ventaja. Constituye una táctica deliberada mantener incluso a los grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un estado general de escasez aumenta la importancia de los pequeños privilegios y hace que la distinción entre un grupo y otro resulte más evidente. En comparación con el nivel de vida de principios del siglo XX, incluso los miembros del Partido Interior llevan una vida austera y laboriosa. Sin embargo, los pocos lujos que disfrutan — un buen piso, mejores telas, buena calidad del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un auto o un autogiro privado — los colocan en un mundo diferente del de los miembros del Partido Exterior, y estos últimos poseen una ventaja similar en comparación con las masas sumergidas, a las que llamamos «los proles». La atmósfera social es la de una ciudad sitiada, donde la posesión de un trozo de carne de caballo establece la diferencia entre la riqueza y la pobreza. Y, al mismo tiempo, la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable para sobrevivir...

lunes, 8 de febrero de 2010

The Ventures

lunes, 8 de febrero de 2010 0

Y ahora, algo del "Surf Rock" de The Ventures:


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Carta de Norberto Galasso a Pino Solanas

Galasso le cierra el orto a este chanta:


El 19 de enero último, desde INFOSUR, página web de Proyecto Sur, me han lanzado un agravio que me veo obligado a responder.
Desde INFOSUR me califican de “gran historiador”, autor de “un libro fabuloso”, “una obra clásica sobre la Deuda Externa”, al igual que la “maravillosa biografía San Martín” y me tratan reiteradamente de “querido compañero”, para, después, lanzarme esta baja puñalada: “¿Qué hacemos ahora con esas cuatrocientos páginas (del libro sobre la Deuda Externa)...?”, como diciendo: “nos las vamos a meter en cierta parte” pues el autor sería un traidor, se habría quebrado, estaría al servicio del gran capital financiero internacional. Todo esto con motivo de que he sostenido que “ahora es difícil desentrañar la ilicitud de parte de la deuda” y que varios gobiernos le han dado “una especie de legalización” al renegociar sobre ella aunque igualmente “hay que investigar los ilícitos”, pero que lo más importante “es unir a América Latina en el no pago y patear el tablero” porque la cuestión no es tanto tener razón “sino tener fuerza”.
Curiosamente, la nota de Infosur prueba mi coherencia. Se inicia con una frase de mi libro: “La deuda ha operado como un instrumento de saqueo y sumisión semicolonial” (2002).Y concluye con otra declaración mía, actual: “Ahora hay que favorecer la unidad latinoamericana y proponer que todos los países denuncien que fueron estafados y que no se paga”. Mayor coherencia, imposible. En “Cash”, del 24/1/2010, sostuve lo mismo: “Hay que investigar y reforzar nuestro poder para decidir en conjunto. A las finanzas internacionales no les importa cuándo (ni cómo) se contrajo la deuda. Hay que finalizar este proceso de otra manera, a partir de la unidad latinoamericana, donde todos los países puedan expresar una opinión común frente a los acreedores internacionales”.
Es decir, hay que investigar y hay que poseer suficiente fuerza para no pagar. Hoy no contamos ni con una cosa, ni con la otra, pero el objetivo final es el no pago. Disentimos, eso sí, en la táctica, como también disentimos en la táctica general que desarrolla Proyecto Sur en política.
¿En que disentimos? En primer término, en que no se trata de quien grita más fuerte ni quién se escandaliza moralmente contra los piratas internacionales, sino en tener la fuerza suficiente: un pueblo movilizado y consciente del problema, capaz -como lo han sido los cubanos- de aguantarse todas las represalias, inclusive un bloqueo. Por eso, es imprescindible una acción concertada de América Latina -que va camino a su unificación- para patear el tablero. En la discusión con los filibusteros, estábamos mucho mejor parados en 1983, como ha dicho la Presidenta, porque salíamos de una dictadura y habíamos allanado el estudio Klein Mairal y Olmos había presentado su acusación... pero también es cierto que no teníamos fuerza y Alfonsín tampoco tuvo audacia y concluyó claudicando en ésta, como en otras cuestiones. Después hubo canje de títulos que complican nuestra argumentación respecto al comprador de buena fe y sucesivos gobiernos pagaron y renegociaron y se negaron a analizar lo rescatado en el estudio Klein, así como la acusación de Olmos que el juez Ballesteros remitió al Congreso. En 1999, recuerdo que fuimos al Congreso con Olmos, Norberto Acerbi, Luis Donikian, Carlos Juliá y unos pocos más -no estaban muchos que ahora levantan su voz y celebro que ahora lo hagan-, pero, entre los diputados, solo Alfredo Bravo y Luis Zamora –más allá de mi disidencia política con ellos- se preocuparon por escuchar el alegato de Olmos. Y no pasó nada.
Después vinieron otras negociaciones, entre ellas, la quita de la época kirchnerista. Nos guste o no, implícitamente también la quita significó lo que llamé “una especie de legalización” y que tanto ha irritado a Infosur. Pero de ninguna manera digo que no hay que investigar. Tampoco propongo no pagar mientras no tengamos fuerza para desconocerla. En fin, insisto, se trata de diferentes tácticas, porque las tácticas cambian según el momento histórico y no hay por qué injuriar ni descalificar cuando coincidimos en lo central: que fue una estafa y que, cuando podamos, debemos declarar que la deuda es cero. Ahora bien, como el “querido compañero” se preocupa y no sabe en qué lugar colocarse mis 400 páginas del libro De la Banca Baring al FMI, voy a tranquilizarlo con respecto a mi supuesta traición.
Entonces, empiezo para disipar dudas: con 50 libros publicados (discúlpeme pero hay tanto soberbio suelto que por una vez puedo violar mi modestia) nunca he sido invitado al programa de Mariano Grondona, ni he almorzado con Mirtha Legrand, ni me he abrazado con gorilas como Carrió, ni he coincidido con Pinedo (ni el abuelo, ni el nieto), ni he sido cómplice de la Sociedad Rural en ninguna votación. Tampoco me reportean ni “La Nación” ni “Clarín”, así que puede estar tranquilo. Esa gente sí tiene conciencia de clase, no la que supone Pitrola que deberían tener los trabajadores. Son clasistas en serio y hay que tener cuidado porque a veces son muy amables y si pueden, lo usan a uno.
Le sigo contando para que vea que no estoy “quebrado”. Vivo en Parque Chacabuco, un barrio de clase media, en una casa con pileta... de lavar la ropa. Una sola casa (herencia familiar) no dos, porque se sabe que alguna gente tiene dos: una para vivir y otra para albergar el ego. Tampoco tengo auto. Viajo en subte (vocación de minero, como decía Unamuno). Futbolísticamente soy de San Lorenzo que ya es demasiada carga para andar por la vida. Cobro la jubilación mínima y subsistimos con mi familia con algunos derechos de autor y un modesto alquiler de un local de esa vieja casa paterna... Usted, “querido compañero”, dirá seguramente: -Aquí te pillé, ¡eres rentista! (Carlos Marx seguramente no me lo reprocharía y sabría comprenderme ya que, salvando las distancias, no tengo ningún Federico Engels a mano). No soy revisionista a secas, como usted dice, confundiéndome (por ignorancia o por picardía) con Ibarguren o Irazusta. No soy rosista, soy de la línea: Moreno, Artigas, Dorrego, los caudillos federales (en especial El Chacho y Felipe Varela), el PAN en su época antimitrista, Yrigoyen y Perón. Esta reivindicación, hecha desde una Izquierda Nacional, que apoya todo movimiento antiimperialista tratando siempre de mantener su independencia ideológica, política y organizativa, es decir, “Frente Obrero” en el 45, representada luego, por bastante tiempo por Abelardo Ramos, salvo sus últimos años. Asimismo, me siento latinoamericano de Martí, Sandino, Fidel, El Che, Evo, Chávez, Correa y tantos otros. Me considero, sobre todo un militante y por ello he sacrificado mi interés por la literatura y la cinematografía. En música, cero. Salvando también la distancia, digo, como Jauretche, que no distingo la marcha peronista de la marcha de la libertad. Desde esa perspectiva de I. N., estoy más a gusto en la CGT de Moyano o en la CMP de D’Elía, que viajando por Europa o asistiendo a fiestas de embajada. No soy kirchnerista pero apoyo a este gobierno. Lo considero lo mejor que hubo desde que murió Perón, más allá de limitaciones y carencias, que son propias de una sociedad fuertemente golpeada por la dictadura genocida, la frustración de Alfonsín, la traición de Menem, la estupidez de De la Rúa, el derechismo de Duhalde, etc.. Me defino así porque creo conocer donde está el enemigo principal, la correlación de fuerzas y el nivel de conciencia política de los trabajadores y de los sectores medios (algunos de éstos, me aterran). Por eso, jamás se me ocurriría hacerle juicio penal a Cristina por mal desempeño, porque no corresponde y porque la pondría al borde del juicio político, para solaz de Cobos y la “nueva unidad democrática” y además porque entonces eso debiera habérselo hecho a todos los presidentes anteriores (incluso legisladores) y hacerlo ahora es demasiada complicidad con los destituyentes. Este gobierno avanza todo lo que puede y si llegase a caer, no deliremos que va a venir algo mejor, sino la derecha más reaccionaria.
Algo más: integro la corriente política Enrique Santos Discépolo, dirijo el mensuario “Señales Populares”, adscribo a Carta Abierta. En lo fundamental, tengo la certeza de que el futuro es nuestro, de los trabajadores, en el camino de la liberación nacional y la unidad latinoamericana, hacia el socialismo. Sólo ocurre que, “como lechuza largamente cascoteada”, sé distinguir los enemigos y los tiempos. Creo que Trotsky era el que decía que hay gente que confunde 1905 con 1917 ó, ahora en el bicentenario, 1810 con 1816. Y para terminar, me acuerdo de Cooke. El le decía a Hernández Arregui: el intelectual se define sobre el trazo largo de la historia, pero el político tiene que definirse hoy y aquí, todos los días, teniendo presente aquellos objetivos finales, pero sin perder conciencia de en qué momento y en qué lugar está actuando. Creo que algo de esto es lo que nos aleja. Disculpen la extensión pero, en verdad, preferiría que no se ocupasen de mí y profundizasen la discusión sobre la naturaleza histórica del kirchnerismo y cuál es la mejor forma de ayudar a Argentina y al resto de América Latina en estas luchas que van hacia el 2011. Con un saludo,
Norberto Galasso
 
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